En todos mil bolsos siempre llevo un libro y una "capturadora de momentos” para no olvidar: una viejita de carrete, mi pequeña compacta, la réflex o el móvil. Cuando olvido alguno siempre creo que viviré momentos de sueños que no voy a poder recordar, y la angustia me pellizca con saña hasta que vuelvo a casa a rescatarlos.

Y es que hacer que la fotografía cuente lo que no puedes decir con palabras es algo maravilloso. Es sentir que mi estado de ánimo puede ser recogido en una toma, es grabar con fuego cada segundo de ese instante, es vivirlo años después con la misma intensidad. Es mi diario visual interno, algo que compensa mi mala memoria.

Mis primeras fotos fueron herencia de mi padre, como también lo fueron sus cámaras hasta que la era digital cambió romanticismo por precisión. Aún hoy conservo algunas, otras por desgracia siguieron su propio camino."

Enamorada del mundo y de la vida, mi risa es la primera y la última palabra en cada una de mis frases. Mi energía se recarga tumbada al sol y mi creatividad engorda comiendo chocolate. Con vida propia, ambas se desparraman, rebosan y fluyen hasta que ya no pueden crecer en una sola dirección y me obligan a liarme en mil historias, siempre tan dispares, que acabo abrazando mi propia turbación.

También adoro viajar, respirar lugares recónditos, vivir la esencia de la tierra, y esconderme en cada recodo como si fuera un camaleón, sin olvidar mezclarme, sentir a la gente alrededor, comunicar, aprender, y pringarme en causas imposibles para hacerlas un poquito más reales.

Porque no creo en un mundo de “Yos” lucho contra el individualismo que acecha y porque no creo en un mundo sin música, siempre presto mis oídos. Hoy te los dejo para que oigas lo que veo.

Encantada de conocerte y de que me conozcas.

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